¿Y si los neandertales se extinguieron por caníbales?

Una mujer observa la reconstrucción de un neandertal en el Museo de Historia Natural de Londres. Fuente: EL PAIS.com | Nuño Domínguez | 10 de marzo de 2016 La desaparición de los neandertales, esos humanos con los que los Homo sapiens nos acostábamos de forma recurrente y con los que tuvimos hijos fértiles, es una fuente inagotable de nuevas teorías. Nadie sabe exactamente por qué desaparecieron hace unos 40.000 años, aunque se suele citar una desgraciada confluencia de circunstancias. Unas son ajenas a nuestra especie, como el cambio climático, y otras están íntimamente relacionadas con la llegada a Europa de los Homo sapiens: la lucha por el territorio, la creciente escasez de caza y comida, la endogamia en tribus cada vez más pequeñas… Ahora, dos científicos españoles introducen otra variable en la ecuación. “¿Fueron los neandertales responsables de su propia extinción?”, se preguntan Jordi Agustí  (izquierda), investigador del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social, y Xavier Rubio-Campillo  (derecha), del Centro de Supercomputación de Barcelona, en el título de un estudio publicado online en Quaternary International. Su aproximación al problema se basa en un modelo informático para entender el peso que pudo tener el canibalismo en la extinción de los neandertales cuando esta especie “confrontó” a los recién llegados sapiens, explica Agustí. “Se trata de un modelo informático con parámetros muy sencillos, aplicable no solo a los neandertales sino a cualquier otra especie caníbal cuando se enfrenta a otra que no lo es”, detalla el investigador. El trabajo se basa en las evidencias fósiles de una y otra especie. “Hemos asumido que los neandertales eran caníbales de forma relativamente habitual, dado que se han encontrado pruebas de estas prácticas en yacimientos como el de El Sidrón, en Asturias, el de Krapina, en Croacia, y otros”, explica Agustí. Los investigadores interpretan que esta especie mataba a miembros de tribus rivales y los devoraban, no por ritual, sino por simple necesidad nutritiva, lo que en la jerga de los paleoantropólogos se llama “canibalismo gastronómico”. “Se trataba de un tema de pura supervivencia”, relata Agustí. “En una situación de competencia intergrupal acabas comiéndote al vecino”, añade. En cambio, se ha asumido que los primeros sapiens que llegaron a Europa no practicaban ese canibalismo, porque “hasta el momento no hay ninguna prueba de ello en esa época”, detalla Agustí. Los primeros indicios de canibalismo entre sapiens, dice Agustí, surgen mucho después de la extinción de los neandertales, en especial durante la aparición de la agricultura en el Neolítico. Ilustración de una escena caníbal en la Prehistoria realizada por Arturo Asensio Moruno en el Museo Arqueológico Nacional.  Los resultados de la simulación muestran que solo esta diferencia basta para explicar la desaparición de los neandertales en un contexto de lucha por el territorio y recursos cada vez más escasos. “El comportamiento de los grupos de neandertales llevó a su propia extinción cuando los humanos anatómicamente modernos (sapiens) del Pleistoceno tardío comenzaron a poblar su entorno, al que estaban extremadamente bien adaptados”, concluye el trabajo. “Lo más interesante”, explica Agustí, “es que en ausencia de competición con otra especie, el canibalismo es una estrategia óptima” en términos de supervivencia. Es decir, que los sapiens “seguimos siendo la causa final de su extinción, si no hubiéramos aparecido, hubieran seguido floreciendo”, resalta Agustí. El estudio pretende ser un primer paso hacia la elaboración de modelos más refinados que incluyan otros factores como la mayor capacidad social de los sapiens o el cambio climático en Europa, dice Agustí. La nueva teoría es polémica, aunque se fundamenta en evidencias del registro fósil, tal y como reconoce el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga (izquierda), codirector de Atapuerca. “En las poblaciones de cazadores y recolectores recientes que se han podido estudiar no parece que sea una práctica sistemática y sin embargo lo tenemos ya en Homo antecessor hace casi un millón de años…”, explica. “No parece que sea de carácter ritual en este caso de Atapuerca al menos, sino depredatorio”, coincide. “En los neandertales cabe preguntarse si el canibalismo era ritual o alimenticio solamente, o las dos cosas incluso. Hay que estudiar más a fondo esta historia porque es muy interesante”, reconoce. Chris Stringer (derecha), investigador del Museo de Historia Natural de Londres y experto en evolución humana, destaca que no es la primera vez que se propone esta teoría. Desde 2004, varios estudios han especulado que, dado que los neandertales se comían el cerebro de miembros de su propia especie, pudieron contraer la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, conocida por la crisis de las “vacas locas” y que un estudio llegó a calificar de “la enfermedad de los neandertales locos”. Stringer introduce una duda en el planteamiento de los científicos españoles. “Si [el canibalismo] es una estrategia tan efectiva para una especie amenazada, ¿por qué mucho otros carnívoros no adoptaron ese comportamiento ni lo hacen actualmente?”. Para el británico, “una combinación de oscilaciones climáticas y la competición por recursos con los humanos modernos es la explicación más plausible para la extinción de los neandertales”. “Es novedoso barajar el canibalismo como factor crítico y seguramente este estudio aporta más datos a la discusión sobre la extinción de los neandertales”, opina Nohemi Sala (izquierda), del Centro de Investigación sobre Evolución y Comportamiento Humanos (USM-ISCIII). Pero esta experta también coincide en que “hubo muchos otros factores” que contribuyeron a la extinción de los neandertales. También queda la duda de si nuestra especie era diferente en este asunto. “El canibalismo es la práctica mortuoria más habitual del registro fósil, todas las especies humanas del último millón de años, incluida la nuestra, lo han practicado, parece que va con el ser humano”, explica. En Europa hay muy pocos yacimientos de Homo sapiens de aquella época, así que las pruebas de que ellos también se comiesen a sus congéneres puede simplemente no haberse descubierto aún.

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La carrera para salvar los tesoros arqueológicos de Siria

Toro alado con cabeza humana, siglo VIII a.C., palacio real asirio de Jorsabad. El año pasado, el Estado Islámico arrasó los restos arqueológicos de la ciudad. (Composición de la imagen, izquierda: Marshall Ikonography/Alamy Stock Foto; derecha: Baraa Al-Halabi/AFP/Getty Images). Fuente: James Harkin Smithsonian Magazin | 9 de marzo de 2016 Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández. Avanzamos cuidadosamente, como de puntillas, alrededor de la escena del crimen a través de una serie de hermosas arcadas hacia las estrechas callejuelas del antiguo zoco de la medina, que con sus más de doce kilómetros de longitud era uno de los mercados cubiertos más esplendorosos de todo Oriente Medio, en el que se vendía de todo, jabón, especias, joyas, zapatos, cerámicas, textiles, etc. Los comerciantes de Europa, China e Irán, de Iraq y Egipto, se reunían desde el siglo XIII aquí, en Alepo, Siria, para vender sus mercancías. Durante todo ese amplio período de tiempo, los viajeros se sumergieron y solazaron en los ornamentados baños turcos o hammam. La última vez que estuve paseando por el zoco, hace cinco años, apenas podía moverme en medio del bullicio. Ahora es tan sólo un páramo vacío, una zona de guerra. Las entrañas de las antiguas construcciones –amasijos de hormigón y refuerzos de metal- asoman por los techos o cuelgan a los lados como sin fuerza. Muchos se vinieron abajo por la acción de los morteros o se abrasaron con el fuego que vino a continuación hasta convertirse en cáscaras enengrecidas. Algunas de las antiguas bóvedas que atravésabamos parecían a punto de desplomarse. La pared de una vieja mezquita aparecía repleta de agujeros y su cúpula se había desmoronado como un pastel de hojaldre al desinflarse. En más de una hora caminando por el mercado, los únicos habitantes no militares que veo son dos gallos que discurren en fila india picoteando cuidadosamente entre los cristales rotos. Aparte del fragor de los proyectiles de mortero golpeando el suelo en otros lugares de la Ciudad Vieja y la ocasional ronda de disparos, hay pocos sonidos que no procedan de los golpetazos y crujidos del acero y la destrozada mampostería, semejando siniestros llamadores de viento. El zoco se halla dentro de los muros del centro histórico de la ciudad de Alepo, uno de los seis lugares de Siria incluidos en el listado de Lugares Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Antes de que las protestas mayoritariamente pacíficas de 2011 contra el autocrático presidente sirio Bashar al-Asad se encontraran con la violencia de ese gobierno y degeneraran en una guerra civil devastadora, que ha matado al menos a un cuarto de millón de personas y desplazando a más de once millones, el país era uno de los más hermosos del planeta hasta ese momento. Gran parte de su encanto procedía de sus abundantes antigüedades, que no estaban valladas ni encerradas como en las capitales europeas sino que se extendían sin ceremonias alrededor formando parte del espacio dinámico de la vida cotidiana. El país, situado en la encrucijada de Europa, África y Asia, puede presumir de albergar decenas de miles de lugares de interés arqueológico, desde las ruinas de nuestras más tempranas civilizaciones a las fortificaciones de la era de las Cruzadas y a las maravillas del arte y el culto islámico. Ahora, esas antigüedades están en su mayoría bajo amenaza inminente. Algunas de las más valiosas han sido destruidas como daños colaterales en los bombardeos y fuego cruzado entre las fuerzas del gobierno y diversas facciones rebeldes; otras han sido vendidas, pedazo a pedazo, para comprar armas o probablemente comida o una forma de escapar del caos. Las imágenes por satélite de los atesorados lugares históricos muestran el suelo tan completamente salpicado de agujeros, resultado de los miles de excavaciones ilícitas, que semejan la superficie de la luna; destrucción y caos, como la directora general de la UNESCO, Irina Bokova, expresó el otoño pasado, a una “escala industrial”. Y ahí tenemos también al Estado Islámico, o ISIS, el grupo terrorista cuyas conquistas de inmensas franjas de territorio primero en Siria y después en Iraq han convertido la destrucción del patrimonio en un nuevo tipo de tragedia histórica. Como muestran los videos difundidos alegremente en la red por su infame rama de propaganda, los militantes del EI han atacado objetos de incalculable valor con martillos neumáticos, arrasado las galerías y museos que albergaban colecciones históricamente únicas y explosionado lugares históricos en el territorio que controlan con efectos escarificadores. El pasado mayo, cientos de combatientes del EI invadieron otro lugar acogido por la UNESCO en Siria, la antigua ciudad de Palmira, famosa por sus ruinas de la época romana. Ante la escala monumental de las pérdidas arqueológicas del país, sería fácil sucumbir al fatalismo. Pero sería un gran error. Se ha conseguido salvar mucho y aún puede hacerse mucho más. De forma clandestina, grupos de hombres y mujeres trabajan muy duro para trasladar las antigüedades de los lugares donde pueden sufrir daños, sustentando construcciones en peligro y documentando los daños con la esperanza de poder hacer algo después para repararlos. Como periodista británico-irlandés fascinado por Siria desde hace mucho tiempo, he estado cubriendo la guerra desde sus inicios: en ocasiones con visados del régimen sirio, en otras empotrado con las fuerzas rebeldes antigubernamentales en el norte del país. En estos momentos estaba decidido a investigar de primera mano la destrucción de los bienes culturales, por eso pedí permiso al régimen sirio para desplazarme hasta Alepo y reunirme con destacadas personalidades que luchan contra tal destrucción; para mi sorpresa, las autoridades me dieron el sí. Alepo es la ciudad más grande de Siria y su Ciudad Vieja, desde hace tres años campo de batalla entre el ejército sirio y los rebeldes armados, ha sufrido la destrucción arqueológica más extensa. Un millar de puestos del antiguo zoco y 140 edificios históricos en el resto de la Ciudad Vieja han resultado tan dañados que no hay posibilidad de restaurarlos. Voy acompañado de una chaperona del ejército y en dos ocasiones nos vemos obligados a correr para evitar las atenciones de un francotirador. El gobierno, que reconquistó la Ciudad Vieja a los grupos rebeldes a principios de 2014, culpa a las milicias rebeldes de esa destrucción, pero no es así. Como muchos de los lugares históricos de Siria, los estrechos recovecos de la Ciudad Vieja y las fortificaciones naturales facilitan el camuflaje y ninguna de las partes ha desaprovechado la oportunidad de utilizar el lugar para conseguir ventajas militares. Hay sacos terreros amontonados en las intersecciones, convertidas ahora en puestos militares. Se ven trampillas por todas partes, que quizá llevaban antes a los túneles excavados por los rebeldes. Hay barreras improvisadas; en ciertos puntos, los cascotes llegan tan alto que tenemos que darnos la vuelta. Baños turcos en el zoco de Alepo, ahora destruidos. “No podemos perdonar la pérdida de nuestra cultura”, dijo un residente (Jean-Baptiste Rabouan/Laif/Redux Pictures) En el barrio residencial casi todos los lugares por los que pasamos están tan destruidos que resulta imposible repararlos; casas enteras de cinco pisos han sido arrasadas por el fuego y sus vigas se doblan por la mitad bajo el peso. Una antigua mansión de piedra construida en el zoco ha quedado reducida a gruesos trozos de mampostería, cada uno de unos cuantos pies de largo semejando ladrillos gigantes; sólo la puerta de metal, adornada con una placa de identificación, sigue en pie. Una mezquita de la época del sultanato mameluco, de la Edad Media, se alza ennegrecida, con grietas frescas en uno de los lados; en la biblioteca, hay libros arrojados al suelo, algunas estanterías vacías sugieren que otros han desaparecido. Todo cuanto queda está cubierto de hollín. Caminando bajo un largo techo abovedado que serpentea a través de los restos del zoco, tropezamos con una cámara lateral alfombrada con una imponente estructura rectagular en su centro. De tres o cuatro metros de largo, y envuelta en mantas, se asemeja a un animal. La caja es el santuario de un famoso jeque y figura histórica llamado Ma’ruf Ibn Yamr. Aunque la arquitectura circundante, incluida una mezquita con la que se comunica, ha sido gravemente dañada, el interior del santuario del jeque se ha salvado. Mi intérprete, del ministerio de Información sirio, un quisquilloso hombre con gafas, cuyo tono de teléfono es la obertura de las Bodas de Fígaro de Mozart, explica la decisión del gobierno de mantenerlo aquí en vez de desmontarlo y trasladarlo a otro lugar por razones de seguridad. “Si lo trasladamos se deterioraría”, dice. También indica que no hay que perturbar los restos humanos ahí enterrados. “Es una tumba, hay que ofrecerle el debido respeto. Mantenerla aquí y proteger toda la zona es una opción mejor”. A medida que avanzamos a través de los escombros, mi guía trata de mostrarse optimista. “Este es el corazón comercial de Siria”, me recuerda, y tal vez también se lo recuerda a sí mismo. “Puede reconstruirse”. Tendrán que trabajar duro para conseguirlo. La UNESCO estima que el 60% de la Ciudad Vieja ha sido destruido. Llegamos ante un punto con vistas privilegiadas desde el que podemos observar, a tan sólo unos metros, la antigua ciudadela dominando el horizonte. El altiplano, de 45 metros de alto, fue poblado por vez primera en el tercer milenio a.C. Antiguos textos cuneiformes lo han identificado como el lugar de un templo dedicado al dios de las tormentas, Haddad. Según el Corán, Abraham subió una vez sus colinas para descansar y ordeñar su oveja. También se utilizó desde la época griega a la bizantina. En el siglo XII, el hijo de Saladino –el gran guerrero kurdo y fundador de la dinastía ayubida- cavó un foso y amplió el complejo construyendo murallas de piedra maciza que se han mantenido en pie hasta hoy. Ahora, bajo control del ejército sirio, la ciudadela es uno de los pocos lugares de Alepo que no ha sufrido excesivos daños. A unos 500 metros de distancia se halla la joya de la Ciudad Vieja, la Mezquita de los Omeyas, que ha estado durante varios años en manos de los rebeldes islámicos. En abril de 2013, me encontraba en Alepo, en el lado rebelde de las líneas de batalla, viendo la televisión con combatientes indirectamente afiliados con el Ejército Libre Sirio, cuando llegaron noticias de que el hermoso e imponente minarete de la mezquita, construido en el año 1090, había sido destruido, al parecer por la artillería del gobierno. Inflamados con su propia propaganda, los rebeldes con los me encontraba condenaron la brutalidad del régimen sirio y su destrucción sin sentido de sus símbolos religiosos y lugares de culto. Pero para una guerra son necesarios al menos dos bandos. Confío en poder echar ahora un vistazo a la mezquita, valorada como una de las más bellas del mundo musulmán, desde la zona de la ciudad bajo control del régimen. Después de que un amistoso oficial del ejército me permitiera ascender por su torre de vigilancia, subí ocho tramos de escaleras en la oscuridad, asomé la cabeza por una diminuta e improvisada torreta y ahí estaba, enmarcada en primer plano, bajo la ciudadela y las ruinas de la Ciudad Vieja, a menos de cien metros, en el territorio controlado por los rebeldes islámicos. Sus arcos son aún gloriosos y la mayor parte del edificio rectangular y patio elaboradamente decorado están intactos, pero una de sus dos cúpulas está perforada y su minarete de mil años yace derrumbado en una montaña de ladrillos. En el Museo Nacional de Damasco, Ma’amun Abdulkarim, director de antigüedades y museos, me cuenta que su trabajo es ahora muy triste. “Cuando estás añadiendo nuevas colecciones, es una de las labores más bellas”, dice Abdulkarim, quien hasta 2012 había estado viviendo una existencia relativamente tranquila como profesor universitario en Damasco. Pero ahora no dejan de llegarle noticias sombrías cada día: “Soy el primero en recibir todos los informes sobre las destrucciones perpetradas y eso es muy duro a nivel psicológico”. El Museo Nacional es fruto de una tarea grandiosa que data del período de entreguerras del mandato colonial francés, y la amplia y elegante oficina de Abdulkarim tiene un aspecto espartano, escasamente amueblada, como si no tuviera tiempo para hacerla suya. Nuestros caminos se cruzaron antes. En marzo de 2014, en la frontera turca con Siria, un facilitador local que pasaba periodistas de contrabando a la zona norte siria controlada por los rebeldes trató de involucrarme en el tráfico de antigüedades sirias robadas. Las fotos de sus saqueos mostraban una serie de vasijas de cerámica, una losa que parecía un bajorrelieve de piedra caliza y monedas con el rostro grabado de Zenobia, la reina siria de Palmira del siglo III que se puso al frente de una revuelta contra el Imperio romano. “Está mal hacer esto, pero tengo que seguir viviendo”, dijo el hombre encogiéndose de hombros. Me preguntó si yo podía ponerle en contacto con compradores estadounidenses con mucho dinero. La UNESCO me facilitó una entrevista con Abdulkarim, quien, en una serie de conversaciones por Skype, culpó de la crisis a una “mafia arqueológica armada” que trabaja con las milicias rebeldes y prospera en medio del caos de la insurgencia armada. Su interés en la arqueología y conservación en los conflictos, me dijo, surgió al observar el robo extendido de antigüedades que siguió a la invasión de Iraq liderada por EEUU. Gran parte del saqueo terminó en el país de al lado, en Siria, donde, dijo, él y sus colegas hicieron cuanto pudieron para encontrarlo y devolverlo a Iraq. Vestido con traje oscuro y corbata y flanqueado por un traductor debido a un nerviosismo fuera de lugar sobre su dominio del inglés, Abdulkarim me dedicó amablemente su tiempo. Nuestras conversaciones de video estuvieron salpicadas por sus risitas ante mis intentos de hablar árabe y francés; su diversión contrastaba con el palpable horror que sentía ante lo que estaba sucediéndole a su país. Los edificios estatales sirios están por lo general engalanados con retratos oficiales de Bashar al-Asad, pero en la espaciosa oficina de Abdulkarim había escasa decoración política. Muchos de sus antiguos estudiantes trabajan en organizaciones activistas que apoyan a la oposición siria, y en estos momentos están intentando proteger las antigüedades ubicadas en áreas bajo control rebelde, a menudo con ayuda de gobiernos extranjeros. Cuando le dije que había hablado con Cheijmus Ali, un académico sirio en el exilio europeo que dirige una de esas organizaciones, su rostro se iluminó de reconocimiento y dijo orgullosamente que Ali era uno de sus antiguos estudiantes. “Ahora está en la oposición”, dijo Abdulkarim. “Es un hombre muy político, comprendo que hay distintas posiciones”. (Por su parte, Ali describe a su antiguo profesor como un buen hombre que trabaja para un mal régimen: “No puede decir toda la verdad. Quiere hacerlo, pero no tiene poder para decir que detener toda esa destrucción del ejército sirio”). En contraste con las diferentes lealtades políticas, los arqueólogos de Siria no han dejado de trabajar juntos por el bien común. Una reciente colaboración con arqueólogos partidarios de la oposición en la provincia norteña de Idlib, me cuenta Abdulkarim, consiguió un acuerdo entre todas las partes armadas y la comunidad local, a fin de colocar los objetos de valor, incluidas las tablillas grabadas de la época babilonia, tras una gruesa capa de hormigón en el museo provincial de la ciudad de Idlib. “No puede abrirse fácilmente”, me asegura Abdulkarim, sobre el improvisado acuerdo de seguridad. “Necesitas una máquina eléctrica”. De todos modos, le preocupa que los grupos extremistas islamistas puedan no respetar el acuerdo. “Nadie lo ha intentado hasta ahora, gracias a la comunidad local”, dice. “Pero todos los grupos saben dónde está”. Abdulkarim tiene 2.500 personas trabajando bajo su dirección, no sólo arqueólogos, también ingenieros y arquitectos –y guardias-, incluyendo a muchos que continúan trabajando en zonas fuera del control del gobierno. En agosto de 2012, una semana después de que le nombraran director de antigüedades y museos, dice, empezó a trabajar con organizaciones internacionales como la UNESCO para recoger la mayor parte de los tesoros arqueológicos de Siria por todo el país y transportarlos al Museo Nacional y a otras instalaciones seguras. “Intentamos dividirlos, por si ocurriera una catástrofe”, dice. Es un trabajo peligroso, diez de sus empleados han sido asesinados. Pero desde que asumió la tarea, dice Abdulkarim, 300.000 objetos, la inmensa mayoría de las colecciones de los museos de Siria se han podido esconder de forma segura. Sin embargo, ahora estaba muy impresionado ante una catástrofe reciente: unas semanas antes había aparecido un video que mostraba a la policía religiosa del EI, que tenían total acceso a gran parte del norte sirio, con taladros neumáticos, buldóceres y explosivos para destruir un palacio y las estatuas de la antigua ciudad asiria de Nimrud, en el norte de Iraq. El recinto real, del siglo IX a.C., fue construido por el rey Ashurnasirpal II, quien lo había adornado profusamente con esculturas en bajorrelieves tallados en la piedra que describían conquistas militares, ceremonias rituales y criaturas aladas; gran parte de las obras de arte estaban notablemente bien conservadas. En un editorial publicado en la revista en inglés del EI, Daqib, titulado “Eliminando el patrimonio de una nación destrozada”, los extremistas invocaban las escrituras coránicas y el pecado de shirk, o idolatría, para etiquetar todo lo preislámico como profano, y glorificaban la destrucción de “estatuas, esculturas y grabados de ídolos y reyes”. También apuntaban directamente a los arqueólogos y la idea misma de la identidad nacional. Los kuffar –infieles- “habían desenterrado estas estatuas y ruinas en las últimas generaciones e intentaban presentarlas como parte del patrimonio cultural e identidad de los que los musulmanes de Iraq deberían sentirse orgullosos”. La destrucción de Nimrud provocó protestas en todo el mundo, pero ese era parte del objetivo: había “servido para enfurecer a los kuffar, un hecho querido por Alá”, afirmaba la propaganda del EI. Nunca la historia ha había sido tan intencionadamente destruida en una franja del mundo como en estos últimos años. En 2014, el EI robó las estatuas asirias y otros objetos saqueandoTell Ajaja y Tell Braq, lugares arqueológicos activos en la provincia nororiental de Hasakah, en Siria, que databan del tercer milenio a.C. (PRISMA ARCHIVO/Alamy). La psicopatía aniquiladora del grupo pareció alcanzar su cenit en agosto, cuando ejecutaron públicamente a Jaled al-Asaad, de 82 años, director de las antigüedades de Palmira durante más de cuarenta años y un arqueólogo muy apreciado. El EI decapitó a al-Asaad y colgó su cuerpo de una columna de la ciudad, condenándole como “director de la ideolatría”. Pero, según algunas informaciones, los islamistas le asesinaron porque se había negado a revelar, a lo largo de más de un mes de cautividad e interrogatorios, la ubicación de las antigüedades que su equipo había conseguido esconder. La captura de Palmira, y el asesinato de su principal arqueólogo, fue un golpe muy duro para Abdulkarim. Palmira, antiguo enclave comercial y extensa ciudad llena de columnas en el desierto central sirio, fue un oasis consolidado para las caravanas antes de caer bajo el control del Imperio romano en el siglo I, y su importancia cultural como ruta comercial que conectaba Roma con Persia, la India y China se hizo patente en su arte y arquitectura únicos, que combinaban influencias griegas, romanas, levantinas y persas. Los militantes del EI habían prometido que no iban a destruir los famosos templos de piedra de Palmira porque, al parecer, al hacerlo entrarían en conflicto con su interpretación del principio coránico, pero Abdulkarim no se sentía muy inclinado a creerles. “Son bárbaros, extremistas”, dijo. “No podemos confiar nunca en sus palabras. Si el ejército consigue llegar allí, destruirán todo en venganza”. Existía el rumor de que los combatientes del EI habían colocado secretamente minas alrededor de los monumentos más famosos. A través de su equipo, había oído que estaban intentando entrar en el Museo de Palmira. “Pensaban que había 2.000 kilos de oro allí escondidos”, dijo. “Son una gente muy estúpida”. Abdulkarim me contó que los objetos y estatuas más importantes de Palmira habían sido secretamente trasladados a Damasco cuando el EI se aproximaba a la ciudad. La última operación de rescate se había completado tres horas antes de que cayera Palmira; tres de sus empleados habían resultado heridos en los enfrentamientos. Abdulkarim, él mismo especialista en la época romana, me mostró fotos de una robusta estatua de dos mil años de antigüedad, conocida como el León de Al-lat, que pesaba quince toneladas y alcanzaba casi los doce pies de altura. Su equipo en Palmira había enterrado al gran león en el jardín del museo de la ciudad, en una caja metálica protegida por sacos terreros, pero el EI lo había localizado y destruido. Ahora tiene miedo también por los miembros de su equipo. Algunos han podido escapar hasta Homs, a unos 150 kilómetros hacia el oeste, pero otros están bloqueados en la parte moderna de la ciudad Palmira con sus familias –la zona tuvo una vez alrededor de 50.000 habitantes y esa cifra se había hinchado recientemente con los refugiados llegados de otraspartes del país-, y no se les permitía marcharse. Al igual que la ciudad antigua, eran rehenes del EI, y no era imposible que les eliminaran en cualquier momento para conseguir máximos efectos propagandísticos, o sin que fuera necesaria razón alguna. Abdulkarim me invita a bajar varios tramos de escaleras para que vea a parte de su equipo trabajando. Detrás de puertas a prueba de explosivos en el sótano del Museo Nacional, filas de hombres y mujeres con guantes de vinilo se inclinan sobre las mesas con máscaras que les cubren la boca. Algunos sostienen diminutas tablillas de arcilla cubiertas de signos cuneiformes, la antigua escritura desarrollada por los sumerios, entre las muchas contribuciones transformadoras de la región a la historia y la cultura; son parte de un lote transportado calladamente desde Mari, una ciudad de la Edad del Bronce en el este de Siria, en territorio controlado ahora por el EI. Un trabajador examina cada tablilla y le asigna un número de serie, que se introduce en un ordenador; después se fotografía el objeto y se envuelve delicadamente en papel antes de guardarlo, hasta el momento en que el país pueda ser seguro de nuevo para las antigüedades. Las mesas están repletas de cientos de esas cajitas cuidadosamente etiquetadas: “Las excavaciones ilegales han destrozado el lugar”, me susurra un ayudante. Cuando saco mi cámara, un hombre con una camisa a cuadros que yo había asumido que era un guardia, se da rápidamente la vuelta y se pone firme contra la pared, con los brazos doblados. “Por favor, por favor”, dice el ayudante, haciendo gestos con las palmas de las manos para que aparte mi cámara. Resulta que el hombre es la persona que va y viene entre aquí y Mari para recuperar las tablillas de incalculable valor. Si el EI le identifica y le coge, su muerte es segura. Los sitios y objetos de interés arqueológico han sido siempre daños colaterales en tiempos de conflicto. Nadie podría negar, por ejemplo, las grandes reservas de patrimonio cultural perdido durante la II Guerra Mundial. Pero la destrucción deliberada de antigüedades de milenios de edad en la cuna de la civilización humana, hogar de los centros antiguos de poder donde tomaron forma la escritura, la agricultura y las primeras ciudades del mundo, sugiere que estamos siendo testigos de una amenaza nunca vista antes para la herencia común de la humanidad. Cuando le pregunté a Glenn Schwartz, arqueólogo y director de Estudios de Oriente Próximo en la Universidad Johns Hopkins, si recordaba algún precursor de la deliberada aniquilación por el EI de los tesoros arqueológicos bajo su control, meditó por un momento la pregunta y mencionó los iconos e imágenes religiosos prohibidos y destruidos por los inconoclastas bizantinos en los siglo VIII y IX. Pero incluso esos actos de vandalismo afectaban normalmente a objetos que eran, dice, “relativamente contemporáneos a los actos de destrucción”. En cambio, el EI está “atacando construcciones que tienen 2.000 o más años”. Palmira en Siria, Nimrud en Iraq: Esas ciudades antiguas eran fundamentales para la historia humana, son insustituibles. Incluso el extendido saqueo que acompañó el deslizamiento hacia el caos de Siria es un fenómeno relativamente reciente, un subproducto, según Schwartz, del interés occidentalizado y la globalización de los mercados. “Hace quinientos años, la gente no se habría molestado en buscar reliquias”, dice Schwartz. “Sencillamente, no había mercado para ellas. Se debe a que nosotros, en Occidente, valoramos esos objetos de una manera como nadie lo hacía antes de 1800”. Schwartz cree que el EI comprende esto y que su televisada campaña de daños arqueológicos tiene como objetivo socavar los Estados modernos de Siria e Iraq, que se enorgullecían de sus cuidados y servicios, y para escandalizar a quienes valoran en grado sumo esas antigüedades. Y ahora, otros grupos de la región o de más allá pueden adoptar esa destrucción arqueológica que se ha convertido en un arma establecida entre el armamento del EI, dice Graham Philip, experto en arqueología de Oriente Medio en la Universidad Durham de Gran Bretaña. Mientras tanto, prosigue sin pausa la destrucción de Siria. En julio del pasado año, parte de la fortaleza de la ciudadela de Alepo se vino abajo. Los rebeldes habían excavado un túnel bajo ella y, para hacerlos salir, el ejército sirio dinamitó el túnel, dañando los muros de la ciudadela. En noviembre, otra explosión produjo un daño mayor cerca de una famosa puerta de hierro adormada con docenas de diseños de herraduras –el ejército mameluco combatió a caballo desde el siglo XIII al XVI utilizando arcos y flechas- que guarda la entrada arqueada a la ciudadela. La vista que robé desde una diminuta torreta militar en el zoco, inalterada durante miles de años, no va a volver a ser de nuevo la misma. Posteriormente, en agosto, días después del asesinato de Jaled al-Asaad, un video del EI mostraba a militantes del EI rodando barriles de explosivos hacia el Templo de Baalshamin, del siglo I, dedicado al dios fenicio del cielo, una de las estructuras mejor conservadas en Palmira; poco después hubo una explosión y cuando el polvo se asentó se hizo evidente que el lugar había quedado arrasado. Las imágenes por satélite confirmaron la destrucción del templo, un “nuevo crimen y una pérdida inmensa para el pueblo sirio y para la humanidad”, dijo Bokova, la directora de la UNESCO. Pero la mayoría de los sirios están hoy principalmente preocupados por cuestiones que tienen que ver con la vida y la muerte, y en un determinado momento le pregunté Abdulkarim por qué alguien debería preocuparse por las antigüedades cuando se está matando a la gente a una escala inimaginable. “Comprendo el problema humanitario en Siria”, me dijo. “Pero nosotros estamos entre la gente que está viviendo esa vida en Siria”. La geografía del país ha acogido a toda una cascada de diferentes imperios y civilizaciones, desde los sumerios, los asirios, los acadios y babilonios hasta los hititas, griegos, persas, romanos, mongoles y árabes. Los sirios de muchas de las partes en conflicto sienten muy intensamente la amenaza a ese compartido legado. Abdulkarim, un hombre de herencia étnica mixta –su madre es kurda y su padre armenio- ve la destrucción del patrimonio arqueológico de Siria como un golpe a la identidad híbrida de la nación moderna, forjada entre numerosos grupos étnicos y religiosos. El régimen lleva mucho tiempo promocionando la incomparable historia física antigua de Siria y ha hecho una prioridad de su protección, al igual que su estado de seguridad mantuvo brutalmente el frágil mosaico sectario del país. Nunca ha parecido tan aterradoramente real como ahora la desintegración del país. “Siria es para mí como un hombre herido”, siguió diciendo Abdelkarim. “Mi labor tratar de preservar su cabeza. Si un día este hombre herido recupera la salud, podrá ver cómo es. Pero si perdemos el legado sirio, perdemos la memoria común de Siria. Y entonces habremos perdido nuestra identidad”. El Pulitzer Centre on Crisis Reporting ha apoyado los recientes viajes de James Harkin a Siria e Iraq para la elaboración de este informe. James Harkin, nacido en Belfast, es periodista y analista de las nuevas ideas y tendencias sociales, culturales, políticas y tecnológicas globales. Escribe ensayos, comentarios y reportajes para Vanity Fair, Harper’s magazine, The Atlantic Monthly, The New Republic, The London Review of Books, The Financial Times, Foreign Policy, Newsweek, Prospect, The American Prospect, The Nation y el Council on Foreign Relations en New York . Su último libro “Hunting Season” aborda el hundimiento de Siria, el ascenso del grupo del EI y su campaña de secuestros de dos docenas de rehenes extranjeros. Fuente: http://www.smithsonianmag.com/history/race-save-syrias-archaeologic...

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Negacionistas del cambio climático

VER GALERÍA 11 lugares de la Tierra en peligro de extinción Ni en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático de 2015 de París ni entre la gran mayoría de la comunidad científica hay lugar para el negacionismo. Según el Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), “es extremadamente probable –más del 95 %– que la influencia humana sea la causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX”. Los científicos escépticos, que cuestionan sobre todo las consecuencias más catastróficas asociadas al cambio climático, no quieren que se los confunda con los negacionistas, amparados principalmente por el ala más conservadora del Partido Republicano de EE. UU. y grupos similares de Australia y Europa. Tampoco con los blogs pseudocientíficos. Algún renombrado escéptico, como Richard Muller, ha acabado asumiendo que el fenómeno existe y tiene origen humano. No obstante, sus teorías anteriores y las de otros escépticos son dogma de fe para los negacionistas. A continuación, repasamos los argumentos más controvertidos usados por estos. El ártico Satélites de la Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) estadounidense detectaron este verano una anomalía al sur de Groenlandia que llamaron gran punto frío. En primavera, investigadores del Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de California, que durante años han confirmado la disminución del hielo ártico y su repercusión sobre el clima, dudaban de que este deshielo fuera irreversible. En 2011, un equipo de expertos daneses cuestionó también la teoría del no retorno en el calentamiento, pues hallaron pruebas de que los niveles de la banquisa en el Océano Glacial Ártico eran un 50 % más bajos hace 5.000 años. Ninguna de estas investigaciones cuestiona la existencia del cambio climático, pero sirven a los negacionistas para justificar sus posturas y vincularlas a las temperaturas inusualmente frías del pasado verano en el norte de Europa, que en Irlanda bajaron a niveles desconocidos desde 1986. David Vieites, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, cree que “queda mucho por saber sobre el origen y las consecuencias de ese punto frío”. Lo cierto es que otro estudio de noviembre de 2015 estipula que los últimos glaciares estables de Groenlandia, situados tan al norte que escapaban al impacto del cambio climático, han acelerado su deshielo en la última década. El Sol Según los negacionistas, no se tiene suficientemente en cuenta la influencia de nuestra estrella y su actividad –los rayos cósmicos– en el origen del calentamiento terrestre. Y afirman que hay pruebas de que en los últimos siglos la temperatura y el número de manchas solares de nuestra estrella han aumentado y jugado un papel decisivo en el creciente calor terrestre. Sin embargo, aquí existen divergencias, pues todos los estudios científicos recientes apuntan que mientras la Tierra sigue una tendencia ascendente en sus temperaturas, el Sol muestra la tendencia inversa. Los trabajos presentados en 2009 por Anatoli Erlykin, de la Academia Rusa de las Ciencias, junto con otros investigadores de las universidades de Lancaster y Durham (Reino Unido), atribuían a la actividad solar el 14 % de la culpa del aumento reciente de la temperatura media de la Tierra. Otras investigaciones, como las de Benjamin Santer, del Laboratorio Lawrence Nacional Livermore (Departamento de Energía de EE. UU.), destacan que si realmente la influencia del astro rey fuera tan notoria, se calentaría más la estratosfera que la troposfera, la capa de la atmósfera más cercana a la Tierra. Sin embargo, ocurre al revés, porque incluso la parte superior se está enfriando. Los océanos Es sabida la trascendencia que tienen los océanos y las corrientes que los surcan para regular el clima del planeta. Por este motivo, los negacionistas también piensan que se ha subestimado su capacidad para absorber tanto el calor como el dióxido de carbono de la atmósfera. Además, se agarran a los estudios que periódicamente afirman o desmienten que esa capacidad de absorción ya se ha superado, especialmente en el océano Antártico. Es cierto que, en general, los mares atrapan más cantidad de CO2 de la que liberan, que eliminan una parte de las procedentes de las actividades humanas y ralentizan los efectos de las emisiones de gases efecto invernadero. El problema, según la Comisión Océano Mundial, es que “el mar absorbe más de un 25 % de las emisiones de CO2, lo que causa su acidificación a velocidades sin precedentes en los últimos trescientos millones de años”. La Antártida Según datos de la NASA, el hielo marino que rodea el continente antártico alcanzó su máxima extensión en diciembre de 2013. Esto da pie a los negacionistas para argumentar que si la subida de temperatura del planeta se produce de forma uniforme no tendría sentido que la Antártida no solo no pierda masa de hielo, sino que esta crezca en algunos puntos. Una de las razones para explicar el fenómeno es que los fuertes vientos de aire frío que viajan del interior del territorio antártico hacia la costa contribuyen a bajar los termómetros y a engrosar los icebergs marinos. Vieites recuerda también que “la Antártida, al contrario que el Ártico, que es un mar helado de reciente formación, es un continente que lleva treinta millones de años congelado, con capas de hielo de varios kilómetros que difícilmente se derriten”. Un equipo de la Universidad de Bristol ha publicado sendos estudios en las revistas Science y The Cryosphere en los que destacan que numerosos glaciares adelgazan a lo largo de 750 km de costa. Su conclusión es que la Antártida occidental es una de las regiones de la Tierra que sufre un calentamiento más rápido y desequilibrado, ya que el hielo que se derrite en el oceáno no se compensa con las nevadas. Siberia La inmensa y fría región oriental de Rusia, con sus 13,1 millones de km2 (veintiséis veces España), reclama la atención de quienes estudian el cambio climático por varias razones. Se trata de uno de los principales escenarios en los que se cruzan los negacionistas y los adaptacionistas: admitido que existe una alteración en el clima –sea de origen humano o natural– que conlleva un paulatino ascenso de las temperaturas en el planeta, hay que entenderlo como un cambio a mejor del que conviene aprovecharse. Así como en Europa y en otros países desarrollados pensamos en reconvertir nuestra agricultura –se habla de plantar vides en Inglaterra– gracias a que hace más calor, en otras partes del mundo se mueren de hambre por una acuciante sequía o a consecuencia de la crecida del mar, que anega tierras y casas. La Organización Mundial de la Salud es uno de los organismos que alza la voz sobre los efectos perversos del calentamiento global para las personas. Alarmistas, exageradores y climatólogos Estos son algunos adjetivos que los negacionistas ponen a los expertos que mantienen el consen­so sobre la responsabilidad humana en el cambio climático. Muller se mantiene escéptico en otros puntos y cree que es descabellado atribuir al cambio climático huracanes como el Katrina, la velocidad del deshielo del Ártico o el retroceso de los glaciares del Himalaya. Además, recuerda que ha habido otros periodos cálidos en la historia, como el de la Baja Edad Media.Sin embargo, Vieites señala que por la dendroclimatología –estudio de los anillos de crecimiento de los árboles– “se sabe que hubo un aumento sustancial de las temperaturas, pero no en todo el planeta, como sí ocurre ahora”. Respecto a los datos que esgrimen los negacionistas sobre la ralentización del aumento térmico en algunos años de este siglo, otros expertos sostienen que hay que estudiar tendencias en periodos largos, y que jamás hemos experimentado subidas similares en el termómetro en tan corto espacio de tiempo. En cuanto a los gases de efecto invernadero, como el CO2, varios estudios rebajan su responsabilidad en el tema. Pero una investigación de 2015 del Laboratorio Nacional del Pacífico Noroeste (PNNL) de EE. UU. revela que los pronósticos sobre el ritmo de calentamiento terrestre hasta ahora planteados quizá se queden cortos, ya que el actual es más rápido que el producido de forma natural durante los últimos mil años.

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Recuperan recuerdos en ratones con alzhéimer

Uno de los primeros síntomas de la enfermedad de Alzheimer, es el olvido frecuente de cosas que acaban de ocurrir. Es como si el cerebro no las hubiera registrado. Se repite la misma pregunta, un instante después de haberla hecho, se olvida una información que se acaba de recibir un instante antes. Un estudio del Instituto de Tecnología de Massachussets publicado en “Nature” demuestra que los recuerdos de esos sucesos se forman y almacenan correctamente en cerebro. El problema estaría en la recuperación, porque no se puede acceder a ellos de forma sencilla. En otras palabras, la pérdida de los recuerdos en las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer es consecuencia de una recuperación deteriorada. Pero activando las neuronas del hipocampo que contienen los recuerdos pueden recuperarse. El estudio lo han llevado a cabo con modelos de ratón en las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer. Aunque con las reservas que estos modelos tienen a la hora de extrapolarlos a nuestra especie (el punto débil de estos modelos), el trabajo demuestra que aunque parezca que los recuerdos han desaparecido, en realidad todavía están ahí, porque se han almacenado correctamente. Y por tanto podrían recuperarse. “Se trata de unan prueba de concepto. Es decir, que incluso cuando un recuerdo parece haber desaparecido, en realidad todavía está presente. La cuestión es cómo acceder a él y recuperarlo”, explica el premio Nobel Susumu Tonewaga, que ha liderado la investigación. Una prueba de concepto es un experimento que demuestra que una idea, como la posibilidad de recuperar recuerdos aparentemente perdidos, puede llevarse a cabo en el laboratorio. Y eso es lo que ha hecho el equipo de Tonegawa. Para lograrlo estimularon las células nerviosas del hipocampo de los ratones que almacenan recuerdos concretos. Lo hicieron con una técnica que se conoce como optogenética, y que puede activar y desactivar mediante luz láser grupos de neuronas a voluntad de los investigadores. Ventana a tratamientos Aunque la optogenética no puede utilizarse en personas, al menos de momento, los resultados obtenidos por el grupo de Tonegawa abren la puerta al desarrollo de tratamientos que puedan revertir la pérdida de memoria en las primeras etapas de la enfermedad de Alzhéimer. Susumo Tonegawa recibió el premio Nobel de Medicina en 1987 por descubrir como se generan en el sistema inmune anticuerpos específicos para cada patógeno a partir de la información genética contenida en el ADN. Sin embargo, ahora trabaja en desentrañar los mecanismos de circuitos moleculares, celulares y neuronales responsables del aprendizaje y la memoria, “utilizando las técnicas más vanguardistas disponibles en la neurociencia moderna”, como explica en la web de su laboratorio. Gracias a esa búsqueda, el equipo del Nobel logró identificar las células que almacenan recuerdos específicos en el hipocampo, una estructura del cerebro fundamental para la formación de recuerdos. El conjunto de estas células que forman un recuerdo se conoce como engramas, o trazas de memoria. Además, lograron manipular esos engramas, o conjunto de células que contienen un recuerdo, para crear falsas memorias, activar algunas a voluntad o cambiar recuerdos negativos en positivos. El actual estudio ha permitido constatar que el conjunto de neuronas que guardan un recuerdo tienen menos espinas dendríticas en los ratones con alzhéimer que en los normales. Las espinas dendríticas son pequeñas protuberancias que crecen en las prolongaciones de las neuronas y las permiten comunicarse entre sí. Algo que en realidad no es novedoso, porque algunos trabajos muestran que las neuronas de personas con alzhéimer tienen menos espinas dendríticas, como los llevados a cabo por el investigador español Javier de Felipe, del Instituto Cajal y director del Laboratorio Cajal de Circuitos Corticales (CSIC-UPM). Normalmente, cuando se genera un nuevo recuerdo, en las células correspondientes a esa memoria crecen nuevas espinas dendríticas, pero esto no ocurre en los ratones con Alzheimer. Y sugiere que las células no están recibiendo la información sensorial desde otra parte del cerebro llamada la corteza entorrinal, una especie de “recibidor” del hipocampo y la primera estructura en verse afectada en a enfermedad de Azlheimer. Por eso las pistas que ayudan a recordar, y que en el caso de los ratones era entrar en una cámara donde recibieron un pequeño calambre, no tiene ningún efecto. Los investigadores también fueron capaces de inducir una reactivación a largo plazo de las memorias “perdidas” mediante la estimulación de nuevas conexiones entre la corteza entorrinal y el hipocampo. Para ello activaron mediante optogenética las células de la corteza entorrinal que “alimentan” en las células del hipocampo los engramas que codifican recuerdos, como el del miedo a un calambre en los ratones del ensayo. Después de tres horas de este tratamiento, los investigadores esperaron una semana para poner a prueba a los ratones de nuevo. Y vieron que los ratones con alzhéimer recordaron la posibilidad de recibir un calambre. Además, tenían muchas más espinas dendríticas en las células del hipocampo que guardaban ese recuerdo. Sin embargo, la estimulación mediante optogenética no es eficaz si se estimula una sección demasiado grande de la corteza entorrinal, lo que sugiere que cualquier tratamiento potencial para pacientes humanos tendrían que ser muy específico. La optogenética es muy precisa pero demasiado invasiva para su uso en seres humanos, y los métodos existentes para la estimulación cerebral profunda – una forma de estimulación eléctrica utiliza a veces para tratar de Parkinson y otras enfermedades – no son aún tan específicos. “Es posible que en el futuro se desarrolle una tecnología para activar o inactivar con más precisión las células situadas en zonas profundas del cerebro, como el hipocampo o la corteza entorrinal, con más precisión”, señala Tonegawa. Y resalta la importancia de la investigación básica, como la de este trabajo, “porque proporciona información sobre las poblaciones de células que podrían ser un buen objetivo, lo cual es crítico para los tratamientos y las tecnologías del futuro.”

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Para hacer tus propios vídeos con presentaciones o lecciones no es necesario tener un programa instalado en el ordenador. ¡Ni siquiera una app en el móvil! En la Red hay multiples webs que te permiten hacerlo al incluir los clips de vídeo o las imágenes.

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Agenda 2030 para el #desarrollo sostenible

El PNUD ha iniciado una conversación global sin precedentes a través de la cual, personas de todo el mundo pueden aportar su opinión para dar forma a la agenda de desarrollo post-2015, año fijado para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM).

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